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Castilla-La Mancha es una tierra con mucha historia y con un patrimonio cultural y artístico sobresaliente, que es preciso estudiar y sacar a la luz para que sea conocido y valorado por el conjunto de la sociedad.
La conmemoración de los quinientos años del nacimiento del pintor Juan Correa de Vivar, nacido en Mascaraque (Toledo), ha servido para realizar un acercamiento en profundidad a su obra y para ofrecer la primera exposición monográfica que se le dedica al artista a todas las personas que sientan curiosidad por este pintor, el más representativo y prolífico de la escuela toledana en los años centrales del siglo XVI.
La obra de Correa de Vivar está valorada objetivamente como una de las más importantes de la estética renacentista española del siglo XVI, que entronca, además de con la de su maestro Juan de Borgoña, con los grandes pintores italianos, como Rafael y Leonardo da Vinci, y la de sus coetáneos españoles Juan de Juanes y Luis de Morales.
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Correa de Vivar fue un artista versátil que dominó un amplio espectro de las técnicas artísticas, partiendo de una práctica minuciosa del dibujo y un dominio muy sutil del color. Fue, además, un consumado miniaturista, pintó también al fresco y realizó un importante número de retablos, desarrollando una compleja y fascinante variedad de estas estructuras, que son patrimonio fundamental de nuestra cultura artística. A Correa se debe una parte esencial de los encargos pictóricos de la diócesis de Toledo, cuyos límites superaban con mucho los que hoy conocemos.
Esta exposición se celebra en el marco arquitectónico más coherente con la pintura de Correa: el Museo de Santa Cruz, uno de los edificios más singulares y notables del Renacimiento español y europeo que se apresta a conmemorar el cincuentenario de su apertura al público. Muchas de sus notas arquitectónicas aparecen sugeridas de los escenarios de las composiciones de Correa, presentándose como ecos y miradas recíprocas que refuerzan una racional y bella trabazón entre contenido y continente. Santa Cruz es también el Museo donde se cobija una buena parte de este brillante Renacimiento que se conformó en Toledo y en otros ámbitos de nuestra Comunidad, permitiendo al visitante interesado adentrarse en el amplio contexto de la figura y la obra de Correa.
Me satisface que sea el Museo Nacional del Prado la entidad que más especialmente haya colaborado con este proyecto. La primera pinacoteca española alberga cuarenta obras de Correa, muchas de ellas fundamentales en el proceso de recuperación historiográfica que la figura de Correa conoció a lo largo del siglo XX.
Esta exposición coincide también con la reapertura de las nuevas salas de Pintura española del Renacimiento en el Prado, y la señalada presencia de algunas de las mejores tablas de Correa de Vivar en esas salas de la institución madrileña, principal escaparate del arte español, le presenta como uno de los artistas fundamentales del periodo, compartiendo espacio con Morales y con Juan de Juanes.
Agradezco al Museo del Prado, a su Director, Miguel Zugaza, y a su Real Patronato, esta importante participación, a la que se ha sumado, como comisaria de esta exposición, Leticia Ruiz Gómez, jefe del Departamento de pintura española del Renacimiento.
Mi agradecimiento se extiende a todas las instituciones y personas que, con sus generosos préstamos, han hecho posible la celebración de esta muestra; a los autores de los textos y fichas que conforman el Catálogo, editado gracias a la colaboración de la Sociedad Don Quijote de Conmemoraciones Culturales de Castilla-La Mancha, así como a todo el personal implicado en la organización de este complejo trabajo, tanto de la Consejería de Educación, Ciencia y Cultura, como el personal del Museo de Santa Cruz, dirigido por Alfonso Caballero.
Todos juntos, instituciones y personas, ayudan a que, con esta muestra, se conozcan las múltiples facetas de un artista notable, Correa de Vivar, que en su larga trayectoria creativa supo reflejar con su sello su particular los diversos momentos del arte de su tiempo. Y, con este conocimiento, podemos ahondar en el sentimiento que la obra de arte produce. Conocer y sentir el patrimonio es aprender a valorarlo y transmitirlo a las generaciones venideras en las mejores condiciones, porque en él permanecen las raíces de lo que somos, el avance creativo y la cultura que jorjamos.
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